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2 comentarios

  1. De mi infancia poco más original puedo contar. Sería como la de todos los niños que se contentan mamando, que es lo que hace olvidar el dolor de haber nacido, por eso es curioso, que no haya quien no demuestre su pesar como niño que fue, por ello llorando cuando no mama. Imagino que mis primeros meses de vida, serían como la de cualquier chiquillo de cualquier pueblo, de esos pueblos cualquiera donde el calor produce un aire ominoso que cuesta esfuerzo respirar, y que en las tardes de estío sirven para hacer de pasatiempo a quienes por sus achaques, pensando en dormir cuando llegue la noche, no se echan siesta, los viejos. A los niños de Andalucía se les duerme aún frecuentemente, tal vez por la sed de justicia que siempre tiene cualquier sometido, con las leyendas épicas de los románticos bandoleros. Francisco Ríos, “el pernales” Joaquín Camargo, “el vivillo”, o, José María Hinojosa, “el tempranillo”, todos fueron criminales y el último hasta delator, a los que se casi hasta se les idolatra en nuestros días; como si fueran héroes, tal vez, de lo que pudo ser y no fue Andalucía, una patria independiente y libre. Los niños cuando oyen que se les habla, se ríen, como se ríen también de cualquier mueca, tal vez, vaya usted a saber, por que saben que la decisión de las personas ante la vida, es sólo eso, una retórica, una simple mueca ante el destino que nos aguarda.
    Por aquel tiempo de entonces, y permítame no ser más prolijo en detalles que serían de nunca acabar, yo no albergaba pensamiento de desprecio hacia nada u alguien, en realidad, si se piensa bien, creo que a esa edad yo ni pensaría. Pero aún así, fíjese, que sin poder desearle a alguien fatalidad alguna y menos aún producírsela por cualquier vía, una tarde cruel de esas de los primeros calores de abril cuando aún no se contaba el año de estar entre los vivos, se me hinchó el vientre como si fuera una pelota de juego según me dijeron, los hombros, me taparon el cuello y las orejas, la lengua se me llenó de vesículas con las que ni mamar podía, y la fiebre, por ser imagino con la calor vicaria, se apoderó de un cuerpecito que a nadie había podido aún causar perjuicio alguno…
    La epidemia de poliomielitis llegó a mi pueblo como llegan las desgracias, con las corrientes de viento, “aires malos” que las traen y las llevan sin voluntad, dejando en su trayectoria muchos jorobados en el sentido más amplio de la palabra.
    A la mañana siguiente, el médico de mi pueblo me diagnosticó fiebre, cosa que mi madre, analfabeta pero no boba ya sabía; el de Montilla, célebre en toda la comarca curar a los niños de las calenturas, recetó a mi madre, Dios se lo tenga en cuenta pues el remedio dice mi madre que fue gratis, rogativas a diferentes integrantes del santoral, para que me recogieran con Él supremo hacedor antes que se pasaran veinticuatro horas pues de lo contrario yo iba a ser un desgraciado. Yo que jamás fui enemigo de la especie humana y menos de mí, pienso que aquel galeno llevaba toda la razón. Se comportó, como lo hacen más propiamente los brujos de las tribus más que como científico. Más que un juicio de médico, diagnosticó el futuro como lo hacen en más ocasiones de las que quisieran los médicos de familia, cuando impotentes contemplan un mal que por las circunstancias de desidia que existen en muchos pueblos y aldeas, y también la gran ignorancia de sus moradores, sienten que sólo se puede aliviar el mal con la muerte del enfermo. Los médicos de pueblo son aún hoy, seres que huérfanos de medios o ciencia, se basan en la intuición que da la certeza empírica de que los milagros no existen, vaticinando lo peor siempre para el futuro, y si así, si se cura el enfermo, se llenarán ellos de elogios. Es como si compartieran el camino difícil que le espera a cualquiera que no tiene recursos para satisfacer sus necesidades. Aquel hombre era tal vez de las últimas personas que ejercían en España la medicina con los conceptos medievales que tanto criticó el arcipreste de Hita, Juan Ruiz, que renegaba de jaculatorias o rosarios, en favor de los cocimientos de hierbas.
    Dios no me llevó. La justicia Divina es peor la que la de los hombres por crueles que éstos sean. Las secuelas que dejan unos hombres en otros se ajustan con crímenes y venganzas, que sin ser yo partidario de ello así se que consuela el mundo, en cambio con las que deja Dios, tan poderoso es Él, que muy poco confortamiento se obtiene en esta vida, por mucha ira y amargura que se llegue uno a descargar exclamando distintas variaciones de blasfemia.

  2. […] Gente […]

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